Se cuenta que una simple loncha de jamón sobre el vino espantaba moscas y antojaba palabras. La tapa acercó desconocidos, templó sobremesas y abrió puertas a improvisaciones felices. Ese gesto cotidiano, repetido millones de veces, enseñó a escuchar, esperar turnos, brindar por la vida y celebrar pequeñas coincidencias, como un acorde oportuno que sostiene un paso elegante justo antes del silencio.
Los aires cruzaron océanos y regresaron enriquecidos, igual que sofritos, adobos y picantes. Guajiras, milongas y vidalitas dialogaron con salsas perfumadas, tomates dulces y ajíes atrevidos. En cada taberna, esas historias laten entre cucharadas y palmas contenidas. Cuando pruebas un bocado que recuerda otras orillas, también escuchas ecos de viajes compartidos, maletas ligeras, guitarras gastadas y una curiosidad que nunca se cansa de aprender.
Detrás de una barra modesta se aprende disciplina, sazón y escucha. Los viejos del barrio marcan el pulso de la conversación, mientras aprendices limpian boquerones y artistas afinan en voz baja. Un cocinero joven descubre que un sofrito bien llevado tiene el mismo secreto que una seguiriya: paciencia, fuego justo, respeto por el silencio y un estallido final que llega sin prisa pero con verdad.