Practica series breves donde el cantaor lanza un motivo y el grupo responde con palmas texturadas. Cuando un vecino replica el patrón, cambia el foco y deja espacio para su variación. Los jaleos deben nombrar logros concretos, no halagos vacíos; así se aprende rápido, se sostiene el pulso y la calle se vuelve coro.
Escoge un ancla clara, como acentos en tres y diez, y permite juegos alrededor sin soltarla. Quien se pierde vuelve al ancla; quien lidera se separa brevemente. Esta corda bamba rítmica evita el caos y da seguridad a nuevas manos, que encuentran dónde caer aunque el viento cambie inesperadamente de dirección.
Un corte seco, respirado en conjunto, puede reunir treinta personas en un mismo latido. Practica el gesto de cierre, deja una pausa grande, mira a la multitud y suelta el remate. Ese vacío elocuente convierte curiosidad en júbilo compartido, propiciando aplausos, vítores y nuevas voces deseosas de intentar su propio cierre.