





En una placita resguardada, el equipo obtuvo autorización temporal, marcó un perímetro amable y programó cuarenta minutos exactos. Midiendo decibelios cada tramo, reubicaron al guitarrista lejos de fachadas sensibles y usaron alfombras para amortiguar. Cuando una vecina pidió adelantar el final por descanso, recortaron una pieza sin dramatismo. La despedida incluyó agradecimientos y limpieza visible. Días después, el bar cercano colgó una nota de felicitación, y el barrio pidió repetir, con horario todavía más temprano.
Una comunidad autorizó un encuentro corto en su azotea, con sillas separadas y sin amplificación. El atardecer brindó brisa y volumen natural amable. Hubo calentamiento previo, agua para todos y un responsable con cronómetro. Se cumplieron cuarenta y cinco minutos precisos, finalizando antes de la caída plena de la noche. Al bajar, dejaron un mensaje de agradecimiento en el portal y enviaron un formulario de comentarios. La mayoría celebró la delicadeza, destacando el cuidado y el silencio final.
En un patio con reverberación generosa, colocaron paneles blandos temporales, alfombras gruesas y pasacables seguros. El cante se proyectó hacia el centro, el cajón tocó con escobillas suaves y se evitó el falsetazo en picos sensibles. Un cartel con código de contacto permitió avisos inmediatos. Al sonar el recordatorio de cierre, bajaron volumen gradualmente y terminaron a las veintiuna treinta. La portera comentó que, por primera vez, no hubo quejas. La convivencia se volvió una ovación silenciosa.